El peligro de la autocomplacencia ante la contaminación lumínica

Existe un fenómeno llamado «síndrome de las referencias cambiantes», que afecta especialmente en el ámbito de la conservación de la Naturaleza. Se produce cuando ciertos cambios graduales se extienden por más de una generación, y en cada una se asume como normal el estado de las cosas conocidas y vividas. Un ejemplo que me llamó especialmente la atención (y que resulta muy ilustrativo) lo conocí en en una conferencia de Salvador Bará: se trata de un concurso de pesca que se celebra todos los años en una ciudad estadounidense. Al ver las fotografías de los premiados separadas por una década se puede comprobar que los ejemplares capturados son cada vez peores, menos variados y de menor tamaño; pero lo que no cambia en ningún caso es la expresión feliz y de satisfacción de los ganadores. La conclusión está clara: aunque la situación de los bancos de pesca ha empeorado notablemente de setenta años a esta parte, no existe clara conciencia de ello si no se ha vivido una situación diferente. Exactamente lo mismo ocurre con la oscuridad del cielo nocturno. Desde hace décadas hemos perdido la referencia de lo que supone un cielo libre de contaminación lumínica, que debería ser la única referencia válida. Lo preocupante de esto es que al asumirse como normales situaciones cada vez peores, el desenlace inevitable es la pérdida total si no se actúa a tiempo por no tomar conciencia de ese progresivo deterioro. 

En casi todos los casos de deterioro por contaminación se puede volver a la situación original en un periodo de tiempo dependiente del agente contaminante y la capacidad de recuperación de los ecosistemas, y en el caso de la contaminación lumínica el retorno a una situación mejor es tan rápida como lo que se tarde en adaptar el alumbrado nocturno. Así que depende básicamente de la voluntad de hacerlo. Un modo rápido de cambiar la situación es mediante el desarrollo y aplicación de una legislación eficaz y de las herramientas para garantizar su cumplimiento, lo que no es incompatible con la labor de concienciación que están haciendo desde décadas atrás asociaciones e instituciones científicas. Pero hay que admitir que en los temas medioambientales la concienciación (que es imprescindible) funciona más bien a largo plazo, y tal y como ha sido llevada a cabo llega mayoritariamente a personas ya sensibilizadas o a las potencialmente receptivas a la sensibilización. Mientras que hay situaciones que -por el ritmo y grado de deterioro ambiental que suponen- requieren medidas urgentes a través del desarrollo normativo que corresponde a los poderes públicos. Y si estas normativas nacen llenas de ambigüedades, son poco claras, recogen más recomendaciones que disposiciones o dejan muchos cabos sueltos sujetos a desarrollos posteriores, al final se quedan en simples parches cosméticos. Y salvo alguna excepción eso es lo que ha ocurrido con la mayoría de normas de protección del cielo nocturno. 

Por otro lado, en ciertos ámbitos relacionados con la preservación del cielo nocturno y la astronomía, se está escuchando desde hace relativamente poco tiempo el mantra de la «puesta en valor del recurso» como una forma de convencer de su necesidad. No es nuevo. Si los gurús de la economía neoliberal llevan tiempo intentando «poner en valor» (que equivale a encorsetar en términos monetarios) hasta a las personas y sus capacidades, cómo no iban a hacerlo con la Naturaleza. Pero mezclar los argumentos económicos con los medioambientales es peligroso, pues podría dar lugar a pensar que el cielo nocturno no vale nada por sí mismo, y sólo fuera deseable su protección si se puede traducir en una valoración económica. ¿Sería menos valioso el Museo del Prado si pasaran por caja menos visitantes? A nadie se le ocurriría valorar un bien cultural o artístico según el beneficio económico que genere (que si lo hay bienvenido sea) pues su valor seguirá siendo igual de incalculable si no es explotable económicamente. Del mismo modo que un bosque no vale la madera que produce ni lo que pagarían los senderistas por recorrerlo. El cielo estrellado merece ser preservado porque estamos vinculados a él igual que lo estamos a la Naturaleza de la que formamos parte. Y porque es bello. ¿Acaso hacen falta más argumentos que la belleza para justificar la conservación de un bosque, de una iglesia románica o de la posibilidad de observar el firmamento? ¿Desde cuándo estamos tan abducidos por el capitalismo decadente y la mercantilización de la vida para no ser capaces de reivindicar el derecho a emocionarnos por la belleza de un paisaje? Hemos llegado al punto en el que parece que si no hay un enfoque mercantilista nada tiene valor. Y en este error se está cayendo también con el cielo nocturno por parte de algunos en los sectores del astroturismo y las certificaciones.

La actividad turística vinculada a la observación del cielo nocturno apenas acaba de echar a andar en muchos territorios. Sin duda es muy interesante en zonas que aún conservan un cielo relativamente oscuro, pues puede suponer un aliciente más para visitarlas y un acicate para que más gente preste atención a la necesidad de conservar un elemento tan importante de nuestro patrimonio natural. Por eso puede ser muy beneficiosa la labor de concienciación y divulgación que pueden realizar las empresas de astroturismo entre el público que no tiene contacto habitual con la astronomía. Lo primero que tendrían que mostrar a su público es que el hecho de tener que viajar a más de 100 kilómetros de una capital para gozar de un cielo cuajado de estrellas no debería ser «lo normal», y que todos deberíamos tener la posibilidad de disfrutar de esta experiencia de la Naturaleza cerca de nuestras ciudades o pueblos. Y lo más importante: que esto sería posible con la voluntad de nuestros representantes políticos, pues la iluminación nocturna de pueblos y ciudades se puede hacer de modo que se minimice la luz que escapa fuera del lugar que se debe iluminar. Mientras que no exista una demanda ciudadana perceptible los responsables seguirán obviando este asunto, más si no hay una normativa clara y exigente y mecanismos y compromiso para hacerla cumplir. Por eso las actitudes autocomplacientes pueden ser muy perniciosas, pues si ponemos el listón tan bajo como para considerar bueno un cielo como el que hay actualmente en las cercanías de la mayoría de núcleos de población de cierta entidad, estamos normalizando una situación que dista de ser la deseable. 

Así, si una legislación sobre protección del cielo nocturno se basa en una clasificación con listones bajos es previsible que no destaque por su ambición, y al final se quede en un acuerdo de mínimos. Y si las certificaciones no van precedidas de unos claros compromisos ineludibles de mejora del alumbrado de las ciudades para eliminar la emisión directa o dispersión de luz fuera de ellas, va a suponer un premio a las malas prácticas, y puede que ni siquiera logre que la situación no empeore. Mientras tanto las zonas (contadas con los dedos de una mano) que verdaderamente tienen un cielo nocturno muy bueno, y que ya han iniciado medidas para su protección, no se sentirán muy motivadas cuando se vean puestas al mismo nivel que otro lugar con una calidad bastante peor. Algo no se mejora poniéndole una etiqueta, sino trabajando para que llegue a unos niveles de calidad que lo haga verdaderamente merecedor de esa certificación. Lo triste sería asistir al mercadeo de estudios técnicos y certificaciones que acaban abarcando sitios que no la merecen en perjuicio de los lugares que deberían servir de referencia y ejemplo de buenas prácticas.

En una ocasión me dijeron que con actitudes tan críticas (o algunos dirían radicales) es difícil convencer, que funciona mejor un argumentario más ligero -sobre todo si va cubierto con el barniz de la eficiencia y el ahorro- para llegar a los responsables políticos. No estoy de acuerdo. Así llevamos décadas sin apenas avanzar, ni en la disminución de la contaminación lumínica ni en otros aspectos medioambientales. Desde 1992, cuando se celebró la Cumbre de Río, se consolidó el concepto de «desarrollo sostenible» como una especie de Bálsamo de Fierabrás capaz de reconciliar los enfoques ecológicos con los económicos, agrupando en flagrante oxímoron algo tan opuesto como el crecimiento continuado del PIB y la sostenibilidad. Los resultados ya los vemos. Desde entonces la situación medioambiental no sólo no ha mejorado, sin cumplirse los acuerdos mínimos, sino que ha empeorado sobrepasando los escenarios más pesimistas. Para eso ha servido la edulcoración con el epíteto «sostenible» de todo lo imaginable. Así que a estas alturas no queda otro remedio que ser radicales al tratar todo lo que tenga que ver con la Vida y la conservación de la Naturaleza. Y la problemática de la contaminación lumínica o se afronta desde la raíz (eso es lo que significa ser radical) o es una batalla perdida. Lo triste es que desde la misma comunidad astronómica haya entidades que renuncien a ello. A estas alturas no nos podemos permitir ser autocomplacientes.


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