Por qué abandono Facebook

Tras mucho tiempo dándole vueltas y sopesando las ventajas e inconvenientes, he decidido abandonar Facebook. El 31 de diciembre cancelaré definitivamente mi cuenta después de casi 16 años. No usaba otra red social y no pienso probar alternativas, así que me quedo con este blog como mi único espacio en internet.

Fue en febrero de 2009 cuando comencé a usarla, convencido por algunas amistades que ya estaban dentro. Trabajaba en Santiago de la Espada, a noventa minutos de viaje de mi pueblo, Beas de Segura, por lo que me resultaba más conveniente residir allí de lunes a viernes. Facebook se convirtió entonces en una vía de comunicación permanente con un grupo de personas a lo largo de la semana, y al mismo tiempo me sirvió para encontrar a antiguos compañeros de colegio y de universidad con los que había perdido el contacto. En esos años la red me servía más como medio de comunicación con conocidos en la vida real que como campo de cultivo de amistades ficticias.

En 2011 pasé a otra fase con la creación del blog «Los Colores de la Noche», y empecé a usar Facebook como herramienta de difusión de sus contenidos. Mis interacciones ya no se limitaban a un grupo reducido y la astronomía se fue convirtiendo en el eje de mis intereses. En el «muro» encontraba básicamente publicaciones de «amigos» o de páginas a las que uno había decidido seguir. Era una forma de mantener contacto con otra gente y de tener un tablón de noticias de medios elegidos por uno mismo y no por un estúpido algoritmo. O eso parecía, porque luego hemos sabido que en esos años ya estaban usando sin consentimiento nuestros datos para fines opacos.

Lo primero que para mí cambió fue cuando Facebook comenzó a ofrecer planes de pago para promocionar páginas, y a partir de ahí parece que las que optaron por no pasar por caja acabaron siendo invisibilizadas. Así, cuando ponía un enlace a un contenido de mi blog apenas tenía visualizaciones, ni siquiera entre los seguidores de la página. Y esto no sólo empezó a ocurrir con las páginas, pues también el alcance de una publicación en el «muro» del perfil dependía de su naturaleza: fotografías con rostros etiquetados llegaban a mucha más gente que una imagen de un paisaje o del cielo estrellado, y los enlaces externos apenas alcanzaban a unos pocos. De este modo en 2018 opté por eliminar la página de Facebook vinculada a mi blog, porque simplemente no valía para nada. Aún así merecía la pena permanecer porque al menos predominaba el contenido publicado por páginas seguidas y «amigos». También hay otro motivo que mantiene viva cierta vinculación emocional con esta red social: aquí retomé el contacto con la que ahora es mi compañera de vida.

Hoy abro Facebook y la mayor parte del contenido que veo es basura: anuncios y recomendaciones irrelevantes, publicaciones gancho que usan imágenes generadas con IA hechas pasar por reales, titulares engañosos o directamente intentos de fraude, que proliferan sin que parezca que haya control alguno sobre los contenidos virales o promocionados mediante pago. Para comprobarlo he estado un tiempo contabilizando todas las publicaciones que me aparecen, y el resultado es que apenas un 30% de ellas tienen relación con personas o páginas a las que sigo. Y además para verlas tengo que bajar y bajar por la página, lo que resulta siempre en lo mismo: una pérdida de tiempo. Se supone que puedo ocultar el contenido que no me interesa, pero sirve para bien poco, porque vuelve a aparecer o es sustituido por algo bastante similar. Incluso cuando he detectado enlaces claramente fraudulentos y los he denunciado, la respuesta de Facebook siempre ha sido la misma: que la publicación cumple sus normas y no la eliminan. Se ve que para ellos es intolerable denunciar el genocidio en Gaza, ejerciendo una estricta censura sobre este tema, pero perfectamente admisible que intenten estafarte mediante un enlace trampa. Por otro lado, llevo unos meses comprobando que la publicación de un enlace a una nueva entrada de «Nictología» (que es la página en la que estás, resultado de agrupar mis blogs antiguos) no me supone más de 4 o 5 visitas adicionales en el mejor de los casos. Así, ni me sirve como red en la que difundir el contenido de mi blog, ni como tablón en el que ver cosas de interés.

Pero más allá de que en lo personal hoy Facebook no me aporte nada (a cambio de querer ellos saberlo todo, no lo olvidemos), hay otras razones éticas para abandonar esta red social. Sabemos que el afán monetizador de esta red ha ido más allá de la publicidad y de buscar anunciantes: directamente se han apropiado de toda la información que alegremente les hemos dado para hacer perfilados (posiblemente también de tipo ideológico) y, según nos dicen, personalizar el contenido que nos muestran y mejorar nuestra experiencia, cuando realmente lo que hacen es ganar enormes sumas de dinero con nuestros datos. Han sido varios los escándalos e investigaciones sobre estas prácticas, e incluso Facebook ha sido campo de operaciones de manipulación de la opinión pública, priorizando el contenido que les proporciona más ingresos y facilitando la proliferación de falsedades y mensajes de odio que en algún caso, como el de Myanmar, han contribuido a la violencia contra minorías.

¿A dónde nos llevan las redes sociales? Twitter (ahora «X») es el ejemplo de la deriva que pueden tener: convertirse en herramientas al servicio de multimillonarios sociópatas cuyo único fin es la destrucción de las sociedades democráticas y de todo aquello que suponga un obstáculo a sus pulsiones megalómanas. Puede que Meta no tenga un destino tan diferente tras la victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU, pues para estas empresas su negocio es lo primero y su mercancía somos nosotros y nuestros datos. Permanecer dentro de estas redes sólo supone aceptar sus trampas y seguirles el juego. Es un precio muy alto a pagar.

Si no encuentras motivos para dejar Facebook, te recomiendo leer estos artículos y libros:


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