Astrofotografía en la era de los telescopios inteligentes

Con la irrupción de los telescopios inteligentes nunca había sido tan fácil obtener imágenes astronómicas, gracias a una automatización completa que reduce a la mínima expresión la participación humana en el proceso. Pero surge una pregunta: ¿estamos perdiendo algo esencial en el camino?

Hubo un tiempo no tan lejano en el que para fotografiar una nebulosa era necesario conocer el cielo y el telescopio, orientar la montura, entender el movimiento aparente de las estrellas, pelear con el enfoque, acumular horas de exposición, hacer tomas de calibración y trabajar muchas horas delante del ordenador en el procesado de todos los datos obtenidos. La práctica de la astrofotografía siempre ha requerido técnica, paciencia, pruebas y errores, aprendizaje y sobre todo un contacto intenso con el cielo nocturno. Hoy, en cambio, un pequeño telescopio inteligente puede hacer en unos minutos lo que antes exigía mucho tiempo y conocimientos: lo colocamos sobre una mesa, abrimos una aplicación, elegimos una galaxia o una nebulosa y dejamos que el aparato busque, enfoque, siga, capture y apile, para que -al cabo de poco tiempo- nos devuelva en la pantalla del teléfono una fotografía lista para compartir en las redes sociales. Pero cuando casi todo el proceso se automatiza, ¿qué queda de la astrofotografía como experiencia, como aprendizaje y como acto creativo?

La progresiva accesibilidad de la astrofotografía

En las últimas décadas han ido cayendo las barreras que separaban al astrónomo aficionado de la astrofotografía, tanto tecnológicas como en la accesibilidad a los instrumentos y herramientas necesarias. El avance en los sensores digitales y su generalización en la fotografía, la aparición de monturas informatizadas con posibilidades de autoguiado, el desarrollo de software que permite técnicas de calibración y procesado avanzadas, etc., han hecho posible conseguir resultados antes sólo al alcance de los observatorios profesionales. Aún así la astrofotografía difiere mucho de la fotografía diurna, y resulta frustrante para los impacientes debido al largo proceso de aprendizaje imprescindible para lograr resultados. Pero la irrupción de los llamados telescopios inteligentes ha cambiado este panorama.

El famoso Seestar es quizá el símbolo más popular de este cambio, aunque no el único. Su atractivo no reside en que sea un buen telescopio ni en que produzca imágenes de calidad, sino en que simplifica hasta el extremo el proceso de obtención y procesado de imágenes astronómicas, al no necesitar una montura ecuatorial pesada, ni una maraña de cables para conectar accesorios con el ordenador, ni horas de ajustes, etc. De hecho ni necesitas tener un conocimiento mínimo del cielo, y ni siquiera un cielo aceptable, lo que facilita enormemente la primera toma de contacto con la astrofotografía; y sobre todo hace posible la inmediatez requerida por las redes sociales y la consiguiente dosis de dopamina en forma de likes.

Desde luego que sería injusto despreciar esta forma de fotografiar el cielo por un exceso de purismo, pues muchos aficionados potenciales viven bajo cielos urbanos muy contaminados mientras que otros no disponen de tiempo o recursos para adquirir y aprender a manejar un equipo complejo. Por otro lado, al ofrecer un proceso completamente automatizado que permite compartir en tiempo real una imagen en pantallas, los telescopios tipo Seestar son una valiosa herramienta para la divulgación.

Lo que hace un Seestar ¿es astrofotografía?

La duda aparece cuando llamamos astrofotografía a cualquier imagen astronómica producida por una máquina automática. Si una cámara de vigilancia registra un meteoro, ¿eso es astrofotografía? Si un telescopio inteligente apunta solo, enfoca solo, captura solo, apila solo y entrega una imagen ya procesada, ¿quién ha hecho la fotografía? ¿El usuario, el fabricante, el algoritmo o el telescopio? La respuesta depende de dónde situemos el acto fotográfico. Si lo reducimos a la obtención de una imagen mediante captura de la luz procedente de un objeto astronómico, entonces sí, el Seestar hace astrofotografía, pues registra fotones reales, acumula señal real y produce una imagen derivada de datos reales. No genera una ilustración de la nada (o al menos eso se supone) y en este sentido básico pertenecería al territorio de la astrofotografía.

Pero esto se basa en una definición pobre. También con una cámara en modo automático o un smartphone se practica fotografía, pero conviene distinguir entre el simple hecho de accionar un dispositivo y el proceso de construir una imagen. En la fotografía terrestre, la elección del encuadre, la luz, el momento, la óptica, la exposición y el revelado forman parte del trabajo que caracteriza al fotógrafo. En astrofotografía ocurre algo parecido, aunque el sujeto no podamos moverlo ni iluminarlo. Elegimos el objeto, la noche, el equipo, el tiempo de integración, los filtros, el encuadre, el tratamiento de las estrellas, la reducción de ruido, la fidelidad a los datos y el grado de interpretación. La astrofotografía es arte no porque el resultado sea bonito, sino por existir una intención reconocible por parte de su autor.

Un telescopio inteligente usado en su modo totalmente automatizado puede producir una imagen astronómica, pero no una astrofotografía en sentido pleno. Podríamos considerarlo más bien un tipo de observación asistida electrónicamente, donde la imagen aparece en la pantalla mientras se acumula la señal, como una visión revelándose poco a poco. Esto tiene sus ventajas y utilidades, pero no es lo mismo que planificar una sesión, comprender las limitaciones inherentes a nuestro equipo y elaborar una imagen final a partir de datos brutos. La diferencia está en la intervención humana. ¿Qué decisiones ha tomado el autor y qué decisiones ha delegado? ¿Qué sabe del objeto? ¿Qué sabe de los datos? ¿Qué aporta su mirada?

Quizá la cuestión decisiva sea qué buscamos cuando fotografiamos el cielo. Si solo buscamos una imagen final para compartir de modo inmediato, la automatización total parece lo ideal; pero si buscamos una experiencia de la noche y del cielo estrellado, entonces el proceso de aprendizaje importa mucho. Montar y poner en estación el equipo, reconocer las constelaciones, observar la meteorología, notar el frío, escuchar el silencio, comprender por qué el objeto elegido está donde está y qué historia física encierra esa luz… La astrofotografía no es conseguir una imagen, es dejar que un cielo nocturno oscuro y estrellado nos transforme durante el intento.

No debemos reducir el cielo nocturno a un simple contenido en redes sociales

La astrofotografía siempre ha tenido una dimensión social, pues mostramos nuestras imágenes porque queremos compartir nuestro asombro. En eso no hay nada nuevo ni censurable. Lo problemático aparece cuando la lógica de las redes sociales transforma la experiencia en urgencia: capturar, publicar, recibir aprobación y pasar al siguiente objeto. Las nebulosas, galaxias, cúmulos de estrellas, etc., dejan de ser realidades físicas del Universo para convertirse en una pieza de contenido. En consecuencia la noche ya no se habita, sino que se consume.

Este riesgo afecta a todos los ámbitos de nuestra vida: comemos fotografiando, viajamos fotografiando, asistimos a conciertos mirando una pantalla y convertimos cada vivencia en prueba de que hemos estado allí. Se nos escapa la vida obsesionados con convertir cada instante en contenido consumible, permanentemente frustrados porque esa piel de plástico no nos convierte realmente en lo que nos gustaría ser.

En este contexto hay que reconocer que los instrumentos tipo Seestar encajan perfectamente y responden al requerimiento de inmediatez del algoritmo de las redes sociales, por lo que han llegado para quedarse. Sería inútil y probablemente injusto rechazarlos en bloque, pues pueden abrir la astronomía a más personas, facilitar la divulgación y servir de puente hacia prácticas más exigentes. Pero también pueden alimentar una relación superficial con el cielo si se convierten en máquinas de gratificación inmediata. Incluso su viabilidad en entornos urbanos puede hacernos olvidar el grave problema de la contaminación lumínica. Tal vez la clave esté en no dejar que estos instrumentos miren y decidan por nosotros, aceptando la automatización únicamente para acercarnos al cielo en una primera fase y no para evitar el camino del aprendizaje, que es donde está el encanto de la astrofotografía y de cualquier afición.


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