La empresa estadounidense Reflect Orbital trabaja en una constelación de satélites provistos de grandes superficies reflectantes capaces de redirigir la luz solar hacia puntos concretos de la Tierra después del ocaso. Pero la cuestión que plantea va más allá de consideraciones técnicas, pues si una empresa puede decidir dónde y cuándo prolongar el día, la noche deja de ser una condición natural compartida y se convierte en algo circunstancial que puede eliminarse mediante un servicio comercial. Y este disparate, inimaginable hace una década, va en serio.
El 9 de julio de 2026 la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos —la FCC— autorizó las comunicaciones necesarias para desplegar y operar Earendil-1, el primer satélite de Reflect Orbital. La autorización no equivale todavía a aprobar una constelación de miles de satélites, pero permite dar el primer paso de un proyecto demencial que supone la apropiación y mercantilización del espacio orbital y de la luz del sol hasta sus últimas consecuencias.

Una empresa que pretende hacer negocio rompiendo la noche en cualquier lugar
Reflect Orbital, que se define como The Sunlight Company, quiere un modelo de negocio basado en desplegar reflectores orbitales orientables que intercepten luz solar y la dirijan bajo demanda (y previo pago) hacia cualquier lugar de la Tierra. La empresa asegura que los haces podrán desplazarse, regularse y apagarse desde una aplicación, iluminando superficies de al menos cinco kilómetros de diámetro. En su comunicación comercial habla de intensidades configurables, desde niveles semejantes a la luz lunar hasta valores comparables con el alumbrado interior e incluso, en fases futuras, con la luz diurna. Entre los usos anunciados están los siguientes: prolongar la producción de centrales solares; iluminar zonas por emergencias y operaciones de rescate; extender los horarios de minas, obras e instalaciones industriales; modificar ciclos agrícolas y suministrar luz y energía a operaciones de defensa.
Este planteamiento tiene sin embargo una dificultad fundamental, dado que un satélite en órbita baja atraviesa rápidamente el cielo, de modo que puede iluminar un lugar únicamente durante unos minutos. Por tanto, para mantener la luz durante periodos prolongados es necesario encadenar el paso de numerosos satélites, siendo imprescindible así una constelación. En consecuencia, Reflect Orbital ha contemplado una progresión desde unas pocas decenas de satélites experimentales hasta unos 50.000 en 2035. La arquitectura definitiva de la constelación no se ha publicado con suficiente detalle, por lo que las simulaciones científicas deben introducir supuestos sobre la distribución de sus órbitas.
Earendil-1
Inciso: ¿qué pensaría Tolkien sobre este nombre?
A quien haya leído El Señor de los Anillos no le habrá costado trabajo captar lo que pensaba Tolkien sobre la destrucción de la Naturaleza a manos de una industrialización desaforada, simbolizada por Sauron en Mordor y por la acción de Saruman en Isengard (y al final de la novela en la Comarca). Elegir el nombre de Earendil, símbolo de esperanza y luz, para una tecnología destructiva del estado natural de la noche, no creo que hubiera sido del agrado de Tolkien. Le habrá provocado las mismas convulsiones en la tumba que Peter Thiel eligiendo Palantir como nombre de su empresa de vigilancia masiva.
La primera misión se denomina Earendil-1. La documentación presentada a la FCC describe un satélite dotado de un reflector desplegable de película delgada, altamente especular, motorizado y orientable. Su objetivo será enviar luz solar hacia una zona seleccionada de la superficie terrestre durante la noche mediante un diseño que contempla una membrana reflectante desplegada en una órbita baja, situada previsiblemente entre unos 600 y 650 kilómetros de altitud. No se trataría de un espejo rígido convencional, sino de una lámina ligera tensada, semejante conceptualmente a una vela solar. Reflect Orbital sostiene que la demostración produciría una iluminación cercana a la de la luna llena y que cada pasada duraría hasta unos cinco minutos, dentro de las dos horas posteriores al ocaso local. También afirma que, cuando no esté iluminando un objetivo, el satélite adoptará una orientación de baja sección transversal para reducir su visibilidad.
La empresa promete publicar con antelación posiciones y horarios, así como excluir observatorios y áreas protegidas de las zonas de iluminación. Esto será fácil en una fase inicial con pocos satélites en órbita, pero en un escenario con miles o decenas de miles, con posibles errores de orientación, degradación de materiales, fallos de control, y necesidades comerciales con operaciones simultáneas en numerosos países, ¿será efectiva la protección de áreas oscuras anunciada?
Qué ha autorizado Estados Unidos
La FCC ha concedido a Reflect Orbital una licencia para utilizar determinadas bandas de radio destinadas a telemetría, seguimiento, mando y descarga de datos, comunicaciones necesarias para controlar el satélite y orientar el reflector. La licencia se refiere a un único satélite experimental y no a la futura constelación completa, y la autorización tiene una vigencia operativa de dos años desde que la empresa certifique que Earendil-1 se encuentra correctamente en órbita.
Este expediente ha generado una gran oposición por parte de la American Astronomical Society, de la Unión Astronómica Internacional, de la Royal Astronomical Society, de asociaciones científicas de varios países, de organizaciones ecologistas y de defensa del cielo oscuro, además de más de 1.800 particulares. En las alegaciones se detallan los riesgos asociados a este proyecto: deslumbramiento para pilotos y observadores; contaminación lumínica dispersada por la atmósfera; interferencia con telescopios profesionales y amateurs; efectos sobre ecosistemas y ritmos circadianos; riesgo de colisiones y generación de basura espacial y la ausencia de una evaluación ambiental integral.
Entre las organizaciones que se han opuesto está DarkSky International, que considera que los reflectores orbitales tendrán un impacto ambiental sin precedentes. Y es que el argumento de Reflect Orbital de que la luz estará confinada a un área concreta no resuelve el problema, ya que incluso un haz bien orientado atraviesa la atmósfera y sus fotones se dispersan al chocar con moléculas, aerosoles, polvo y nubes, creando un resplandor visible desde lugares situados fuera de la zona directamente iluminada. Además, las intensidades anunciadas (entre 0,8 y 2,3 lux en algunos escenarios) superarían varias veces a la luna llena, lo que tendría efectos sobre la navegación, alimentación, reproducción y migración de numerosas especies, produciría alteraciones de los ritmos circadianos humanos, deslumbramiento de pilotos, riesgos para personas que observen con instrumentos ópticos y una degradación general del firmamento.
La respuesta de la FCC es decepcionante. El organismo concluye que sus competencias se limitan esencialmente a las comunicaciones por radio y a determinados aspectos de mitigación de desechos orbitales. Según su interpretación, los efectos ópticos, ecológicos y sociales del proyecto se encuentran fuera del ámbito principal de su autoridad. Además la FCC añade que las posibles consecuencias de una constelación futura no pueden utilizarse para denegar la autorización de un solo satélite. Considera que los daños alegados son improbables en una misión experimental y rechaza imponer varias de las salvaguardas propuestas por las organizaciones astronómicas.
El problema es así el vacío regulatorio: la agencia capaz de impedir que el satélite opere sus comunicaciones considera que no tiene atribuciones suficientes para juzgar qué ocurre cuando el artefacto ilumina la Tierra.
¿Qué dicen los científicos?
En abril de 2026, Olivier Hainaut, del Observatorio Europeo Austral, publicó el preprint Large or bright satellite constellations: Effects on observations, including on the background sky brightness, posteriormente aceptado para su publicación en Astronomy & Astrophysics. El trabajo considera tanto las estelas directas de los satélites como la luz difusa y la dispersión atmosférica producida por grandes poblaciones orbitales, aplicando un modelo que emplea la dispersión de Rayleigh y la de Mie, adaptada de los cálculos utilizados para estudiar el brillo atmosférico causado por la Luna. Con esta metodología calcula el daño que produciría la luz secundaria dispersada y la visibilidad del reflector incluso cuando la empresa estuviera cumpliendo su promesa de exclusión de zonas protegidas.
Los resultados son muy preocupantes:
- Con unos 36 satélites la contribución al brillo del cielo sería pequeña: aproximadamente entre el 0,15 y el 0,21% del fondo natural.
- Con 5.000 satélites la luz dispersada elevaría el fondo celeste entre un 20 y un 30%. Un observatorio de primera categoría perdería las condiciones propias de un cielo oscuro y se aproximaría a una clase 2 de la escala de Bortle.
- Con 50.000 satélites el fondo artificial aumentaría entre un 200 y un 300% sobre el natural. El cielo sería entre tres y cuatro veces más brillante, comparable al de un entorno suburbano de clase Bortle 4 o 5, incluso en un emplazamiento geográficamente remoto.
Y el problema no se limitaría al brillo general, pues según el modelo cada reflector operativo que no apuntase al observador podría verse tan brillante como Venus. Con la constelación completa podrían cruzar el cielo unos 1.300 objetos de brillo similar al planeta (recordemos que Venus, después del Sol y de la Luna, es el astro más brillante del firmamento). El satélite cuyo haz incidiera sobre el observador aparecería varias veces más brillante que la Luna llena.
Para una cámara extremadamente sensible y de gran campo, como la del Observatorio Vera C. Rubin, el impacto sería muy grave. La constelación de 5.000 satélites inutilizaría, según el momento y la altura sobre el horizonte, entre aproximadamente un 3 y un 12% del campo observado poco después del ocaso. Con 50.000 reflectores las pérdidas podrían pasar del 30% cerca del cenit al 100% en algunas regiones del cielo. En ciertas condiciones todas las imágenes quedarían contaminadas.
El lado siniestro: la aplicación militar
Es altamente probable que la tecnología despierte interés militar, y la propia empresa ya contempla ese mercado. Podría emplearse para iluminar posiciones, apoyar el reconocimiento y modificar deliberadamente las condiciones de visibilidad de un adversario. Incluso algún que otro genocida estará soñando con usos cuyo fin fuera la tortura colectiva de la población civil (imaginen el efecto sobre la salud física y mental de convertir la noche en día de modo arbitrario y prolongado indefinidamente en el tiempo).
La capacidad de iluminar un territorio extranjero plantea además problemas de soberanía. ¿Puede una empresa autorizada en Estados Unidos dirigir luz hacia otro país? ¿Qué autoridad debe consentirlo? ¿La administración nacional, la regional o la población afectada? La empresa afirma que solo actuará en ubicaciones aprobadas por las autoridades correspondientes, pero todavía no existe un marco internacional específico y sólido que determine las normas en un servicio que atraviesa fronteras y utiliza el espacio exterior. Sería necesario que las naciones (y entidades supranacionales como la Unión Europea) comenzaran a trabajar de modo urgente en el desarrollo de una regulación estricta que impidiera la prestación de este servicio en sus territorios, lo solicite quien lo solicite (ya sea una empresa de energía solar o el alcalde de Vigo).
El fin de la noche tal y como la conocemos
En un ejercicio de cinismo, Reflect Orbital presenta su producto como una forma de reducir la contaminación lumínica terrestre, pues en determinadas aplicaciones un haz temporal podría sustituir a infraestructuras permanentes. Pero esa comparación omite una diferencia crucial: el alumbrado exterior nocturno puede regularse mediante normas locales, pero una constelación global introduce fuentes móviles, ajenas a regulaciones, visibles desde territorios que nunca contrataron el servicio.
Este proyecto tienes graves implicaciones sociales y culturales. El cielo nocturno ha sido hasta ahora uno de los pocos elementos del patrimonio natural que ninguna empresa podía colonizar. Era común y nadie podía apropiarse de él físicamente. Esta futura constelación de satélites estaría alterando esa realidad, basándose en la falsa premisa de que la oscuridad es una interrupción, un periodo de improductividad que la ingeniería debería corregir, como si la noche fuera un fallo del sistema terrestre.
Pero la noche es parte del hábitat para la vida, es una condición necesaria para el descanso y el escenario de procesos ecológicos que han evolucionado durante miles de millones de años. Es también el fondo sobre el que la humanidad descubrió los planetas, midió el tiempo, navegó los océanos y comprendió que la Tierra no era el centro del universo.
Reflect Orbital puede llegar a demostrar que es técnicamente posible vender unos minutos de Sol después del ocaso. Pero deberíamos preguntarnos si una sociedad que ya ha iluminado casi todos los lugares que habita necesita iluminar desde el espacio los pocos lugares donde la noche todavía existe. Y sobre todo: ¿quién tendrá la autoridad para pulsar el interruptor?

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