Unas reflexiones sobre el astroturismo y la ambivalencia de las certificaciones Starlight

Ha empezado agosto y he perdido la cuenta de las olas de calor que llevamos encadenadas. Es bien sabido que la vegetación baja unos grados la temperatura y crea un ambiente fresco, así que ¿por qué no meterme en un jardín? Vamos allá.

Agosto. Vigo ya prepara una nueva edición de su despliegue navideño: doce millones de luces LED, miles de motivos ornamentales y centenares de calles iluminadas para reafirmar su imagen como «ciudad de la luz». A pocos kilómetros, al otro lado de la ría, el Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Illas Atlánticas conserva desde 2016 la acreditación de Destino Turístico Starlight y tiene prevista su renovación durante este año. El propio parque reconoce que el aumento de la iluminación en la costa amenaza directamente la oscuridad de las islas.

Pocas imágenes resumen mejor las contradicciones que acompañan al actual auge del astroturismo y las certificaciones asociadas. El mismo territorio que promociona el cielo estrellado como atractivo turístico fomenta simultáneamente un modelo de iluminación basado en el exceso, la competición y el espectáculo. Podríamos citar más ejemplos, pero el de Vigo –benignitate Abelis Caballerii– es el más sonado por lo que supone como exaltación hiperbólica de la contaminación lumínica. En las Illas Atlánticas la noche se protege en el folleto promocional al tiempo que se deteriora desde el horizonte.

Cada vez que se consigue una certificación, un político hace una declaración institucional y habla del «cielo nocturno como recurso económico». Y cada vez que esto pasa muere un gatito. ¿Recurso o patrimonio? Es decir, ¿consideramos el cielo nocturno un patrimonio que debemos transmitir o un recurso que podemos explotar? Las dos expresiones suelen aparecer juntas y casi como sinónimas, pero no significan lo mismo. Tampoco conducen necesariamente a las mismas decisiones.

Patrimonio o recurso: dos formas diferentes de relacionarnos con la Naturaleza

Percibir el cielo nocturno como patrimonio implica reconocer algo recibido que no nos pertenece por completo. Un patrimonio se hereda de quienes nos precedieron y debe entregarse, sin deterioro, a quienes todavía no han nacido. Su conservación no depende únicamente de su rentabilidad, de su número de visitantes o de su capacidad para generar empleo. Existe una obligación intergeneracional de custodia.

Un recurso, en cambio, se define por su utilidad. Es algo susceptible de ser movilizado para alcanzar un objetivo, ya sea atraer visitantes, estimular la hostelería, prolongar las estancias, crear empleo o diferenciar una comarca dentro del mercado turístico. No es casual que la definición oficial de los Destinos Turísticos Starlight hable de lugares aptos para desarrollar actividades basadas en el cielo como «recurso natural». En otras comunicaciones la propia Fundación Starlight utiliza también la expresión «patrimonio natural, cultural y científico».

Y no es que hablar de recurso deba ser considerado motivo de excomunión, pues los paisajes, los bosques y el patrimonio histórico también sostienen actividades económicas. El problema aparece cuando la relación se invierte, cuando la conservación deja de ser el fin y se convierte en un instrumento al servicio de la explotación económica y turística. Bajo esa lógica, si se protege la noche no es para que continúe existiendo sino para poder venderla.

Las dos caras del astroturismo

Antes de que alguien me ponga como chupa de dómine, o de ser declarado persona non grata en alguna entidad, he de admitir que no se pueden negar las posibilidades del astroturismo en territorios rurales afectados por la despoblación. Hay ejemplos de ello, especialmente interesantes cuando la iniciativa nace de una comunidad con un tejido asociativo que aprecia y conoce su cielo nocturno, participando en su protección y divulgación. Al mismo tiempo también reconozco que la experiencia directa de la oscuridad puede transformar la percepción del visitante. Contemplar por primera vez la Vía Láctea, advertir la presencia de la luz zodiacal o reconocer que el paisaje continúa existiendo después de la puesta de sol permite comprender que la noche natural es valiosa por sí misma y no es una mera ausencia de luz solar.

Pero desgraciadamente estamos en una época dominada por la llamada economía de las experiencias. Para el que abraza esta perspectiva no basta con visitar un lugar, hay que acumular momentos extraordinarios, fotografiarlos y convertirlos en una narración pública para crear una identidad. El cielo nocturno puede así terminar reducido a un fondo fotográfico y no valorarse la experiencia por la comprensión adquirida o por el vínculo establecido con el lugar, sino por su capacidad para producir imágenes diferenciadoras. Y ojo, que no hay nada censurable en fotografiar el cielo estrellado ni en compartir una experiencia memorable. Yo soy el primero que lo hago. El problema surge cuando la promoción territorial favorece deliberadamente esa relación superficial. Expresiones como «una experiencia única», «un cielo mágico» o «un destino para tocar las estrellas» pueden atraer visitantes, pero ¿se les explica qué amenaza al cielo, de dónde procede el resplandor visible en el horizonte o qué acciones deberían adoptarse al regresar a casa? La oscuridad se ofrece como una rareza exclusiva, algo que debe consumirse mediante un desplazamiento, una reserva y una actividad organizada. En lugar de cuestionar por qué el cielo ha desaparecido de las ciudades y los pueblos, se normaliza que sólo pueda encontrarse en enclaves excepcionales.

Y así volvemos al error de entender el cielo como «recurso». Una concepción que puede terminar reproduciendo una forma de extractivismo simbólico: el territorio aporta el silencio, la oscuridad, el paisaje y la autenticidad (los «recursos»); el visitante consume la experiencia mientras vuelca su imagen en las redes sociales; y la actividad económica puede quedar en manos de empresas externas, que son las que explotan el recurso. Si una parte suficiente de los ingresos, la capacidad de decisión y el conocimiento no permanece en la comunidad, el cielo se explota del mismo modo que cualquier otro activo turístico. ¿Es eso realmente lo que queremos en las zonas rurales?

El astroturismo no salvará por sí solo la noche y las áreas oscuras. Puede contribuir a defenderlas si crea conocimiento, vínculos y activismo (sí, ACTIVISMO, esa palabra que a algunos produce alergia, pero -vaya por Dios- resulta que al final regular la iluminación es una decisión política). El astroturismo puede financiar la conservación, presionar para que se modifique el alumbrado, fortalecer a las comunidades locales y hacer que el visitante regrese a casa con una mirada más crítica. Esto último puede ser lo más transformador, porque actúa sobre la opinión pública de los centros urbanos donde se origina la mayor parte de la contaminación lumínica. Y la opinión pública condiciona las decisiones políticas.

Pero también puede conseguir lo contrario. Puede convertir los últimos cielos oscuros en escenarios de consumo, promover la ilusión de que basta con viajar para encontrar la naturaleza perdida y, en lo que respecta a las entidades certificadoras, ofrecer a las administraciones una etiqueta con la que ocultar sus contradicciones. Así, se puede llamar «sostenible» a cualquier actividad realizada bajo las estrellas y considerar que el número de fotografías compartidas en Instagram es un indicador de éxito en la concienciación.

En definitiva, debe priorizarse una experiencia astronómica que devuelva su lugar a la noche. Una sesión puede ser lúdica y emocionante sin reducirse a simple entretenimiento. Puede explicar la contaminación lumínica, invitar a apagar las pantallas, conceder tiempo al silencio, hablar del entorno, de la cultura local y vincular la oscuridad del sitio con la que se ha perdido en el lugar de origen del visitante. Además, el acceso al cielo nocturno no debería promocionarse como un producto turístico exclusivo, pues la noche es un bien común. Los programas públicos, las actividades de las asociaciones, los miradores accesibles y la divulgación entre la población local deben ocupar un lugar tan importante como las experiencias comerciales.

Starlight: mucho más que una etiqueta, pero también una etiqueta

Las certificaciones Starlight contienen herramientas que podrían impulsar mejoras reales. Obtener una certificación puede reunir alrededor de una mesa a administraciones que gestionan por separado el turismo, el medio ambiente, el urbanismo y el alumbrado. También puede fortalecer la legitimidad de las reivindicaciones de colectivos que llevan años reclamando medidas contra la contaminación lumínica. Pero no es eso lo que está ocurriendo cuando prima el uso político que se hace del reconocimiento.

Lo explico. Obtener y mantener una certificación Starlight debería entenderse como un proceso continuo de mejora del alumbrado público y de la calidad del cielo nocturno, pero lo que suele ocurrir es que, una vez conseguida, los políticos locales presentan públicamente su territorio como un lugar que ya tiene un buen cielo, si no directamente el mejor cielo. Así, la certificación, concebida inicialmente como un compromiso, se transforma en un premio y la obligación de mejora se convierte en autocomplacencia. Aparecen entonces razonamientos como estos: «si tenemos la certificación, no tenemos contaminación lumínica»; «si la calidad del cielo ha sido reconocida, estamos haciendo las cosas bien y por tanto no es necesario modificar el alumbrado». Podría sacar a relucir numerosos titulares periodísticos, declaraciones grandilocuentes e incluso comentarios de aficionados a la astronomía que, orgullosos de que su municipio haya conseguido una certificación, afirman que su cielo está libre de contaminación lumínica. Digámoslo claro: en España no existen lugares libres de contaminación lumínica. Más fuerte: EN ESPAÑA NO EXISTEN LUGARES LIBRES DE CONTAMINACIÓN LUMÍNICA. Ni en España ni en buena parte de la tierra firme del Mundo.

Para mí un caso paradigmático bien conocido es de algunos municipios de la Sierra de Segura (Jaén), la tierra en la que he pasado la mayor parte de mi vida. En esta comarca el único interés que ha existido por la conservación del cielo surgió en Santiago-Pontones, que abarca una de las áreas más oscuras del sureste ibérico, y que consiguió en 2015 la declaración del Paraje Starlight de Don Domingo. Y la única transformación del alumbrado público en consonancia con la preservación del cielo nocturno que afrontó el municipio tuvo lugar en la aldea de la que toma nombre el paraje, donde se instalaron luminarias con LED PC Ámbar. Pero en el resto de núcleos de población que pertenecen a esta entidad local la tendencia ha sido la misma que en el resto de la comarca: mejora de la eficiencia energética sin prestar atención al impacto sobre el medio nocturno. En este artículo lo analizo con más detalle.

Como he estado muchos años dando la tabarra sobre el tema, y me han prestado la misma atención que a las chicharras en una tarde de canícula, no pude menos que sorprenderme cuando el año pasado un alcalde (y no precisamente de un municipio que haya destacado por su moderación en el uso de la luz) me dijo: «te vas a reír, pero nos han dado la certificación Starlight». Realmente se la han dado a la Sierra de Segura, y Reserva Starlight nada menos. «Estupendo -le contesté-, espero que sea porque estáis de verdad decididos a cambiar la situación». Y es que un territorio no puede presentarse como modelo de protección sólo porque otros lugares estén peor.

El otro caso que conozco bien es el del Geoparque de Granada, ya que fui coautor de un estudio sobre la calidad de su cielo nocturno (encargado por la Diputación de Granada al Instituto de Astrofísica de Andalucía). En este artículo resumo los resultados, que no ofrecían precisamente una imagen complaciente, pues sólo una pequeña parte del territorio (un 11%) cumplía los umbrales más exigentes. Se insistió en que los mapas de zonificación obtenidos representaban una instantánea de la situación en ese momento, y por tanto es necesario un seguimiento y análisis de las tendencias. Pero leyendo las noticias que se publicaron en la prensa local podría uno pensar que se basaban en un estudio diferente, porque todo eran campanas al vuelo en día de Corpus. El Geoparque recibió posteriormente la certificación como Destino Turístico Starlight y sus áreas más oscuras han sido reconocidas como Reserva, pero -desde mi punto de vista- el valor de este proceso está precisamente en haber generado una información útil para orientar las decisiones sobre alumbrado y en el debate que ha surgido entre los alcaldes de los 47 municipios del territorio. El tiempo dirá si estas certificaciones van a suponer una mejora de la situación.

Porque, ¿qué debería ocurrir cuando la calidad del cielo de un lugar certificado empeora por decisiones adoptadas dentro de sus límites o en su área de influencia? Una certificación creíble tendría que hacer visible ese deterioro, identificar responsabilidades y convertir la renovación en una palanca de negociación. Y como en otras certificaciones de calidad, un incumplimiento manifiesto -que no se corrige- debería suponer su no renovación y pérdida. ¿Cuál es la situación entonces de las áreas que llevan diez años en posesión de una certificación de este tipo? No tengo datos, pero situaciones como las que se originan en la ciudad de Vigo llevan a cuestionarse el rigor del seguimiento que debería hacerse, o si realmente se está avanzando más allá de la compra de una mera «etiqueta».

Cómo debería enfocarse una certificación de calidad del cielo

Un certificación de calidad del cielo, sea cual sea la marca, para ser efectiva y creíble debería cumplir las siguientes condiciones:

Las certificaciones Starlight y el astroturismo tienen una estrecha vinculación, dado que la promoción de lo segundo suele ser la motivación para solicitar las primeras. Los responsables políticos están dispuestos a pagar su coste a cambio de obtener una marca que potencie la proyección de sus municipios, generalmente dentro de la misma lógica de promoción turística que cualquier otro producto. Y como punto de partida creo que esto no redunda en la defensa del cielo nocturno si, como he comentado, se ve únicamente como un recurso económico, como algo para «poner en valor» (como si no lo tuviera por sí mismo). Mientras que no se aborde un cambio de enfoque profundo en la experiencia astronómica que se pretende ofrecer, en la relación con la población local y en trascender la imagen de exclusividad de «marca» o «etiqueta», se está desaprovechando el gran potencial que podrían tener para ser catalizadores de cambios en las políticas de alumbrado nocturno.

Agosto. Feliz Navidad.


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